Colegio Español de Nuestra Señora del Pilar y Santiago Apóstol

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jueves, 10 de septiembre de 2015

Algunas reflexiones en torno a la configuración épico-barroca de La Christiada de Diego de Hojeda por la Dra. Elena Calderón de Cuervo



Iniciamos la publicación en tres entregas del presente artículo sobre una obra literaria Hispanoamericana que permitirá a la autora ofrecernos algunas reflexiones acerca de las peculiaridades del Barroco americano

Elena CALDERON  de CUERVO
Facultad  de Filosofía y Letras
UNCuyo

 La presente exposición  no pretende el rango de un  enunciado científico sino que, más modestamente, intenta señalar algunas notas sobre esta impresionante obra de la literatura Hispanoamericana, La Christiada de Diego de  Hojeda; y pretende hacerlo precisamente, desde el  aspecto que siempre  se le ha reprochado: su abultado aparato doctrinario y especulativo.

En este sentido, a la lectura atenta del texto, una pregunta surge  inmediatamente: ¿porqué  Hojeda escribía desde estas antárticas tierras una epopeya más, y porqué una  epopeya sobre  la vida de Cristo, aumentando groseramente el número de epopeyas y de  vidas de Cristo que colmaban las literaturas del Viejo Mundo desde hacía  más de cincuenta años? Y más aún, una obra que aumentaba notablemente el grado de complicación de su composición  debido al abultadísimo aparato doctrinario  que la justificaba.

Caracterización del Barroco Americano

El análisis  y la ponderación del complejísimo estatuto barroco del poema nos impide una respuesta simplista que tampoco puede satisfacerse en  razón de su contexto: el perfil social de los virreinatos hispanoamericanos no fue el mismo que el de los otros virreinatos españoles  de Nápoles y Cerdeña que habían dado origen, en las artes,  nada menos que al itálico modo. En América, por el contrario,  se estableció una sociedad con una organización cultural netamente clerical, compuesta por una gran masa india  -sobre la que se ejerció una decidida política de pedagogía cristiana-,  los conquistadores y sus milicias y un pequeño grupo en torno al virrey que no siempre fue de la aristocracia peninsular. Estos eran los estamentos laicos de la sociedad hispanoamericana. Estaba, además, el grueso cuerpo de la vida conventual sobre la que recaía el peso de la impronta cultural de los pueblos  fundados. Los sucesivos Concilios de la Nueva España y del Perú, llevados a cabo tanto por el Patronato como por las órdenes religiosas, le dieron  a la organización política de América el mismo sentido que la Misión:  el objetivo de ambos  fue la derrota de la idolatría  y la instalación definitiva de una sociedad cristiana nueva. Bajo este  espectro, si bien no se puede hablar de teocracia, sí se puede afirmar que la sociedad americana fue decididamente confesional. Por otra parte, los objetivos del gobierno español en Indias se pueden deducir de los fines para los cuales fueron creados los virreinatos. De acuerdo con  F. Morales Padrón (Historia General de América. Madrid, Espasa Calpe, 1982. T.II, p. 371sq.) estos fines, íntimamente ligados entre sí eran:  1. Religión 2. Buen Gobierno; 3. Administración de Justicia; 4. Buen trato a los indios. En esta forma, agrega Morales Padrón, “las indias se constituyeron en un estado confesional, que exigía la abolición de ritos antiguos, que no toleraba  la presencia de otras religiones y que mantenía una permanente vigilancia en lo religioso (…) la España de los Austrias fue testigo en América de una total identificación del estado con la Iglesia” y contó con esta  como primer y fundamental factor de cohesión y coordinación cultural. Habrá que señalar, además, que en este espectro religioso de la  sociedad del Nuevo Mundo, la actitud replegada, defensiva e intelectual de la Europa católica cedió paso a una actitud popular en el mejor de los sentidos, más vital y dinámica acorde con  el programa de la evangelización en América.
Al no haber entonces, una literatura de corte, ni una actitud contrarreformista, los géneros literarios emergentes de la estética barroca peninsular, se abroquelaron más tranquilamente en los géneros más “populares” de la época, esencialmente  didácticos e historiográficos: la crónica y teatro evangelizador fueron los modos propios de América y, en la línea de moldes importados, el género  mayor cultivado  en  el espacio americano fue sin dudas la comedia: mientras en la Península se multiplicaban ad infinitum los dramas (políticos, morales  y teológicos) la comedia hispanoamericana, particularmente la mexicana,  reflejó la sociedad de aldea del Nuevo Mundo. No había público para el drama y lo cómico impregnó, aún y muy a la manera medieval, las representaciones de carácter religioso. Es cierto que se escribieron numerosísimas epopeyas en América y las  tres más logradas en lengua española se debieron a nuestro suelo: La Araucana; el Bernardo del Carpio y La Christiada, pero ninguna estuvo  destinada a un público criollo y de hecho las tres se editaron en  la Península. No quiero decir con esto que el espacio de producción no incidiera en la formulación de sus aspectos constructivos. Es La Araucana, sin dudas,   la que deja establecidas las modulaciones que el género adopta en el ámbito americano a la vez que dibuja el eslabón entre la épica  renacentista (Ariosto y la serie de los Orlandos) y la primer  historiografía de Indias; y no solo en lo que respecta  al plano temático emergente del descubrimiento y conquista sino en las inflexiones retóricas de su formalización, especialmente en la presencia señera del historicismo autobiográfico. Pero la  organización de la inventio en relación con un sistema de presupuestos teóricos  pretextuales  habrá que buscarla en el espacio de la recepción.
Y entonces allí poder descubrir qué entendían al leer el poema de  Hojeda,  los García Hurtado y el Marqués de Montesclaros, qué leyó el rey, don Felipe III y don Jorge de Tovar, y su escribano de cámara, Antonio de Olmedo y todos los que aprobaron y exaltaron esta obra. Y qué leyó, en fin,  Lope de Vega y Carpio al punto de llamar a nuestro fraile  “sacro Apolo” e  “historiador sagrado” y, “en el orbe distinto, nuevo David y Evangelista quinto.”

En la próxima entrega: La Christiada, géneros literarios y fin del hombre