Colegio Español de Nuestra Señora del Pilar y Santiago Apóstol

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Una institución educativa que tenga como fin llevar las almas para el Cielo educándolas en lo mejor de la tradición hispánica (click aquí para versión en español o aquí para versión en inglés)

viernes, 15 de mayo de 2015

El caballero cristiano y la Hispanidad - Prof. José Ferrari

A continuación publicamos una conferencia que dictó el profesor José Ferrari en la clase inaugural en el Instituto Santa María. Año 2015. 

EL CABALLERO CRISTIANO

“…ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de
ser casto en los pensamientos, honesto en las
palabras, liberal en las obras, valiente en los
hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los
menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la
verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”

Don Quijote de la Mancha
 

“La ley del héroe no es un arbitrio, sino un
supremo acatamiento”

Jordán Bruno Genta


 

“La Caballería –dijo don Leopoldo Lugones- fue una realización poética; y con esto, además, un prodigio cristiano, desde que el objeto del cristianismo es la realización del ideal o plan divino sobre la tierra”.
Intentar desentrañar este poema escondido en la trastienda de una institución –como lo fue la caballería-, e intentar vislumbrar los hondones del espíritu del caballero cristiano, es el propósito de esta breve clase inaugural. Cometido difícil, puesto que comprender o acaso intuir dicho espíritu, así como el Ideal sublime del caballero andante, es labor imposible desde la perspectiva de la modernidad. Ese hombre moderno -que tan bien trazó el P. Alfredo Sáenz en su libro homónimo- carente de interioridad, utilitarista, hedonista, desarraigado y masificado; considera absurdo este ideal y este estilo de vida que merece proponerse. Porque “los hombres –como bien dijo Chauvin- han deseado siempre cambiar; pero en otro tiempo deseaban ese cambio para acercarse a aquello que no cambia, al paso que hoy quieren cambiar para adaptarse a lo que de continuo cambia…Ya no se trata de ganar altura, sino de llevar la delantera”. La cosmovisión del hombre moderno difiere radicalmente. Su vida, sus pensamientos, sus quimeras están en las antípodas del caballero cristiano. Ellos prefieren la moda, y la moda –como tan bien la definió Thibon- es “esa dictadura de lo efímero que se ejerce sobre los desertores de la eternidad”: y el auténtico caballero detesta y condena precisamente eso: la preferencia por lo efímero, la conducta plebeya, la pringue rebañega… 


Pero para ordenarnos un poco, y entendernos mejor, he dividido esta charla, más o menos, en tres partes. La primera, más extensa, es decir algo sobre el origen de la Caballería y sus principios constitutivos. En segundo término, justificar y justipreciar la continuidad de este estilo caballeresco, vale decir, el legado hispánico. Y, a modo de conclusión breve –y de forma arbitraria-, sintetizar en tres puntos abisales, la quintaesencia del caballero cristiano.

Bien. Hubo un tiempo en el que la Caballería constituyó no solamente un ideal; sino, también, una institución que cuajó en una estructura sociopolítica histórica que fue la Cristiandad, intencionalmente mal llamada Edad Media. Durante la misma, el Evangelio impregnó todos los ámbitos de la vida social: la política, la cultura, la educación, el arte. Y entendió, asimismo, la sociedad como dividida en tres grandes sectores, en tres órdenes que son los conocidos estamentos de la Cristiandad. En el corazón de esta sociedad estamental, entonces, estaba la Caballería dispuesta en la defensa permanente de la Iglesia, del Rey, de la justicia.
 

¿Cómo llegó a constituirse esta noble institución? Empecemos por una síntesis que nos hace Alfredo Sáenz en su obra sobre la Caballería: “Occidente –y de manera peculiar la Iglesia- experimentó la necesidad de atemperar los ardores de la sangre germana y de ofrecer un cauce o un ideal a ese ímpetu, no pocas veces tan mal empleado. Tal nos parece el origen remoto de la Caballería: una costumbre germana idealizada por la Iglesia. De ahí que la Caballería no será primariamente una institución sino un ideal, un estilo de vida militante, hasta llegar a constituir con el tiempo la forma cristiana de la condición militar. El caballero será simplemente el soldado cristiano”[1]

Es decir, luego de que los bárbaros invadieran Europa, fue necesario ordenar hacia el bien el uso de la fuerza, elevarla o sublimarla y darle una correcta significación. Y aquí es donde la Iglesia tuvo el papel principal en esa transformación, en esa esmerada educación del guerrero al que le enseñó donde librar batalla, porque matar y porque morir. Y desde entonces la Caballería, al buen decir de Gautier, se convirtió en “la fuerza armada al servicio de la verdad desarmada”.
Por supuesto que esta noble institución no se conformó de golpe, sino a fuerza de mucho andar. En primera instancia, luego de las invasiones bárbaras se produce una especie de simbiosis entre dos grandes
tradiciones, la del Norte, germana y bárbara, y la del Sur, romana y católica.
De esta síntesis irrumpe la primera caballería. “Fue entonces –va a escribir el P. Sáenz en un artículo sobre el ideal caballeresco en Lugones- cuando la Caballería andante de los siglos VII y VIII dejó de ser una expresión anárquica de valor, para organizarse por primera vez bajo los dos Carlos, quedando constituida en un estamento de la sociedad, una verdadera corporación militar sujeta a normas muy precisas”[2].


En segunda instancia, durante el caos de los sg. IX y X cuando los normandos y, sobre todo, los musulmanes hacían gravitar el pánico, tiempos de guerra privada y de mucha violencia; es la Iglesia la que aparece otra vez con el firme deseo de conseguir la paz. Para ello va a crear el movimiento de la Pax Dei, promoviendo voluntarios para defender la paz.
Milicias armadas cuya consigna era “guerra a los fautores de la guerra”. Es decir que el uso de las armas empezaba a hacerse legítimo y necesario, pero en nombre de los principios superiores de la paz, la justicia, el bien. Al respecto escribe Daniel-Rops: “Por enérgico y paciente que fuera el esfuerzo de la Iglesia, la violencia estaba tan incorporada en las conciencias, que querer extirparla de ellas hubiera sido empresa quimérica. Así, con su profunda sabiduría divina y humana, la Iglesia, habiendo hecho todo lo posible para limitar las pretensiones de la brutalidad, utilizó un segundo medio: el de cristianizar la fuerza y su empleo" [3]


Y así, dicho muy resumidamente, llegamos a los siglos XI y XII, a la plenitud del espíritu e ideal caballeresco. Pero conviene, a esta altura, recordar algo para no confundirnos: así como este espíritu se fue consolidando, así también empezó a decaer progresivamente en su ideal y en su virtud. Sufrió una degradación mediante la cual –lo señala el P. Sáenz- lo maravilloso suplió a lo Sobrenatural, los encantadores a los Santos y las brujas a los Ángeles. En este proceso –que la historia lo ha dividido en tres etapas: la heroica, la galante y la decadente- nos vamos a quedar nosotros con la época de oro de la Caballería, ésta de los siglos XI y XII, la bien llamada época heroica. Tiempos de gloria en los que aparece esa gran obra poética que fue la Chanson de Roland, la época de las Cruzadas, de las grandes conquistas, del vivir austero y viril, del heroísmo encarnado y convertido en estado habitual. “De ese momento –nos dice Gonzague de Reynold- la caballería se transforma en una comunidad a la vez laica y religiosa, laica por sus miembros, religiosa por su espíritu (…) –y continúa- La misión del caballero conducía a la formación de un tipo de hombres, ofrecido como modelo a la sociedad cristiana y civilizada” [4].
Pero hay algo más. Así como se bautizaron las armas con la institución de la caballería, se le propuso al guerrero la empresa colosal de la Cruzada. Y entonces, nos lo explica bien Cardini “de la necesidad de defender los territorios conquistados y la vida de los peregrinos, de ayudar a los débiles y a los enfermos, de convertir, por decirlo así, en permanente la movilización que había hecho posible la empresa de los cruzados, nacieron las llamadas órdenes militares”. Órdenes que tuvieron un papel importante en la conformación de este estilo de vida caballeresco y que, impregnadas de una espiritualidad ascética y monástica, fueron penetrando constantemente todos los estamentos. Lo que lograron fue esa fusión, esa mixtura memorable del monje y del soldado cuyo principal responsable –hacedor y portavoz- fue San  Bernardo de Claraval. En el año 1130 escribió su De laude novae militiae ad Milites Templi, “Elogio de la nueva milicia templaria”, ese sermón exhortatorio bellísimo que escribió para los Caballeros del Temple.
El capítulo IV –por poner solo un ejemplo- es un espléndido resumen de la regla; y allí escribe entre otras cosas: “Se abstiene de todo lo superfluo (...) Viven en común sin poseer nada personal (...) desean ser más temidos que admirados (...); la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo (...). Por eso, como milagrosamente, son a la vez más mansos que los corderos y más feroces que los leones. Tanto que yo no sé cómo habría de llamarlos, si monjes o soldados...”
Así es el caballero cristiano. Por eso, en él se encierran, se ordenan y se elevan como en magnífica síntesis, la fe y la milicia, la paz y la guerra, la cruz y la espada.
Nos queda un último punto de esta 1ra. Parte. Si bien dijimos que en el origen de la Caballería, amén de la Iglesia y las Escrituras, estuvieron las costumbres germánicas –sobre todo, en lo que se refiere a los rituales-; debemos dejar por sentado, al menos, la gran influencia helénica y románica de la que se nutrió este ideal. El sentido de la lucha en Grecia y Roma lo tomó y lo enalteció la Cristiandad. Por ejemplo, ese ideal ético que proponía Roma y que era el hombre esforzado y piadoso, se prolongó en el caballero. Ni que decir de la influencia helénica. Nuestro gran poeta, Leopoldo Lugones, escribió allá por la década del ´30 siete artículos valiosísimos sobre el ideal caballeresco. Allí habla bastante acerca del helenismo en la Caballería, de la cristianización del helenismo como el sostenía. “La caballería fue la imitación de Homero (...) el paladín cristiano se conformó ajustadamente al molde homérico” nos dice.
Por eso, acá es importante hacer una digresión: generalmente se cree que fue en el Renacimiento cuando el mundo de la cultura redescubrió la antigüedad greco-latina. Pues bien, nada más falso que esta premisa. Pues, como afirma Lugones, a través de los árabes así como del influjo de Bizancio (cuyo esplendor alcanzó su apogeo en el siglo X) “hubo más helenismo viviente en la Edad Media que en el Renacimiento y en nuestros días”.
Se advierte, también, en el Poeta, la relación estrecha que hace entre Belleza y Caballería, y enaltece –jerárquica y armónicamente- el papel de la mujer y del amor en este ideal; así cómo también, el rol primario del trovador que, unidos en un mismo ideal, exaltaba y celebraba las gestas y proezas caballerescas. Hablando de las Beatrices y de la doctrina del Perfecto Amor, escribía lo siguiente: “A semejanza del antiguo ateniense que prestaba su juramento militar ante la virgen patrona de la república, profesaba el caballero la devoción de María. Así es de constante en la civilización grecolatina que continúa la Cristiandad ecuménica, esa determinación del heroísmo por la gracia femenil exaltada a soberanía u honrada sobre el altar”[5].
Tenemos, entonces, un pantallazo sobre el origen y los principios de la caballería, que se grabó a fuego en el alma medieval y que nos habla, a las claras, de la naturaleza épica del cristianismo, tan denostada hoy por un pacifismo inconsistente. Porque promueve la paz, pero que no es la Pax Dei o la Tregua Dei que lanzó la Iglesia en el siglo X, no es la paz que Cristo nos dejó y por eso es, de suyo, anticristiana. Desde su óptica, seguramente juzgará este modelo como un alegato de la violencia; cuando, en realidad no es así. Más todavía, como el caballero cristiano desea una verdadera paz, tanto en el orden individual como social, sabe de una lucha pendiente en el orden interior y exterior.
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En segundo lugar, dijimos recién, es preciso señalar la continuidad de un estilo. Es decir, ¿Por qué hablamos de continuidad? ¿Y por qué hablamos aquí y ahora, en nuestra Patria, del caballero cristiano y lo
proponemos como arquetipo esencial e irrevocable?
Veamos. Como nos señala cualquier línea de tiempo, la Edad Moderna nos viene con el siglo XV. El hombre comienza a mirarse a sí mismo y esa cosmovisión teocéntrica de la Cristiandad trocó en una cosmovisión antropocéntrica. Es el siglo de la Reforma Protestante, primer jalón decisivo de la revolución anticristiana. Sin embargo, a pesar de estos extravíos, hubo un pueblo que prolongó esa Cristiandad medieval y se constituyó, decisivamente, contra viento y marea, en estandarte fiel de la catolicidad universal. Me refiero, por supuesto, a la España imperial y eterna. Su corriente histórica, ese ímpetu sagrado con que se han de nutrir los pueblos –como repetía Maeztu- es el camino grande y señero que La Providencia le ha señalado desde su eternidad. Y toda ella, constante en su compromiso de cielo, supo hacer de su historia un servicio para la Cristiandad y una alabanza para su Creador. Por esta “Piel de Toro” –como líricamente la nombra Ximénez de Sandoval- ha transcurrido la historia más variada y dramática, más épica y recóndita de todas las historias. Solamente en este tiempo al que aludimos, se enarboló abanderada de la Contrareforma, a la par que concluía esa ardua tarea que le costó ocho siglos de sangre, de fuerza, de plegaria y de contienda: la reconquista musulmana. Y por si algo le faltara a esta España, persuadida de ser la nueva Roma y el Israel cristiano, jadeante de nuevas cruzadas e impaciente de eternidad, se lanza sin reparos a la aventura desmedida del descubrimiento. Sabiéndose portadora de una Cruz redentora, hace carabelas de esperanzas para ultramar. Y con más pálpito que cálculo, con su Fe renovada y su heroísmo acostumbrado, será la protagonista de la conquista y evangelización de América; que, como dijo Lugones otra vez, fue la postrera cruzada en donde el soldado y el misionero fueron los sendos campeones de la espada y la cruz.
Por todo esto, es España la que mantendrá vivo y presente el ideal de la Caballería. No así los otros reinos. El padre Sáenz lo resume de esta forma: “A fines del siglo XV, el espíritu caballeresco, fuertemente diluido en los demás reinos de Europa, se hallaba en España más vigoroso que nunca. En Francia…sólo restaban maneras cortesanas. En Inglaterra, la política y la disciplina sustituían el estilo caballeresco. En Italia, Maquiavelo se burlaba de las proezas de los antiguos paladines. Sólo España conservaba el ideal en toda su fuerza…” [6]. Pero hay algo más, y es que España no solamente conservó este ideal, sino que –en su historia de vida y de letras- lo encarnó profundamente. Y a tal punto, que se convirtió en la quintaesencia del ser español, en su estilo irrenunciable.
García Morente –en su obra ya clásica “Idea de la Hispanidad”- es el que nos comparte y nos enseña esta idea. En primer lugar, dice que se entiende por estilo. Y nos lo presenta como “una determinada modalidad peculiar que la naturaleza misma no nos enseña, sino que se deriva de nuestra personal participación en el espíritu de la inmortalidad…es la huella que sobre nuestro hacer real deja siempre el propósito ideal, el sesgo que a toda realidad imprime nuestro íntimo sistema de preferencias absolutas” [7]

Es el estilo, entonces, un modo de ser que se corresponde a este conjunto de preferencias absolutas y que es el que imprime carácter a todos los actos. Cabe ahora la segunda pregunta: ¿Cuál es ese estilo hispánico invisible e indefinible? ¿Dónde hallar ese estilo singular de vivir y de morir, de rezar y de pelear, de pensar y de soñar que nos arrima a la médula de su ser? De manera categórica nos dirá García Morente que es el caballero cristiano (tras lo cual, va trazar una de las mejores líneas que se han escrito sobre la caracterización del caballero cristiano). Su contenido y estatura nos ofrece esa imagen intuitiva que mejor simboliza el estilo español. Esa conducta española indivisa, férrea, que se mostraba en cada trance de su historia; y que encerraba valor, hidalguía, virtud, sosiego… Ese estilo personificado en un Amadís de Gaula, paladín ejemplar del caballero andante; o en el Cid, la encarnación misma de la lealtad y del honor…
Y, por último, caballero entre caballeros, fue don Quijote de la Mancha. Él mismo, en dos líneas nos devela al verdadero caballero. Y dice: el caballero “…ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”.
Magnífica sinopsis del genuino caballero. En él, en don Quijote, Anzoátegui imagina la caballería española; de la misma manera que en Santa Teresa, resume la santidad española. Santidad y caballería que surgen en una España paradójica. Ya que –como escribe el mismo Anzoátegui- “cuando la santidad se duerme sobre la tierra, ella saca a escena a Santa Teresa. Cuando la caballería se desarma, saca a escena a Don Quijote. Aquélla escribe una carta a su confesor, y éste escribe una carta a Dulcinea. Y mientras el mundo se divide en la disputa de los derechos del hombre, Don Quijote y Santa Teresa redactan en escena la Declaración de los Deberes del Alma: la declaración de la historia de España…” [8]
El Quijote es la España que se vino a América, enseñaba Genta. La religión verdadera y el espíritu caballeresco asomaron en nuestra estirpe criolla. Es ésta nuestra tradición primordial, la herencia grande que nos ciñe, nos convoca y nos exige un comportamiento viril, constante en su defensa. En otras palabras, nos toca el deber de mantener con nuestras vidas ese legado de santidad y caballería que hemos recibido.
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Finalmente, nos adentramos en la tercera y última parte de la charla, que sirve a modo de corolario. No se trata de una caracterización compleja y completa del caballero cristiano, como varios lo han hecho magistralmente, enfocándolo o esquematizándolo de distintas maneras. Para eso están, por ejemplo, “los diez mandamientos de la caballería” que inmortalizó Gautier; o bien, “el caballero cristiano” de García Morente y esa descripción sutil que de él nos hace, a través de trece puntos nítidos (grandeza contra mezquindad, arrojo contra timidez, personalidad, impaciencia de eternidad, etc., etc.). Nuestro propósito es menos pretencioso y consiste en arrimarnos a la esencia del caballero cristiano, a través de tres características que me parece indican algunos de sus atributos fundamentales y lo pintan de cuerpo y alma entero.
La primera de ellas es el honor, el cultivo del honor. Virtud distintiva que se funde al alma del caballero y que prefigura toda su conducta. El honor está tanto en el origen como en el fin de la caballería: “La honrada Orden de la Caballería fue principiada por la nobleza de ánimo” escribió Raimundo Lulio. Y más adelante, “ningún hombre puede más amar, honrar y tener la Caballería, que el que muere por mantener su honor”. Se entiende por honor una cualidad moral basada en una serie de principios e ideales que determinan mi comportamiento, que me exigen una conducta honorable. Y caer en la deshonra es no comportarme conforme a estas obligaciones y es traicionar, luego, el principio y el ideal. Y a esa deshonra interior le corresponde la deshonra pública; del mismo modo en que el honor exterior que se le tributa al caballero debe ser conforme a ese honor y dignidad que guarda interiormente. Por eso el honor externo que el caballero reclama para sí, no significa orgullo ni vanagloria porque –como enseña el P. Sáenz- “el honor de su rango no era para el caballero más que una forma particular de su honor de cristiano. El honor debido a Jesucristo y a Dios debía ser su honor…” [9].
Este cultivo del honor que rige y conduce la vida caballeresca es propio de una personalidad firme y resuelta, altiva. Pero es la altivez de quien le concede valor al ser antes que al parecer o al poseer, es esa
“humilde altivez” –que decía el Cardenal Pie- de quien se siente llamado a una misión irrenunciable. El honor, como enseñaba Calderón, es “patrimonio del alma” y es la forma con que reverenciamos nuestra misión ideal. 

Madariaga, en un libro que titula “Ingleses, franceses y españoles”, sintetiza el perfil de cada uno de estos pueblos diciéndonos que: 
-los ingleses se conducen por el fairplay;  
-los franceses por le droit, y; 
-los españoles por el honor. 

O sea, por ese honor que significa respeto a sí mismo; y que significa someterse, sobre todo, a una ley interior, a la conciencia, que es la Voz de Dios en el hombre. Por eso –lo dijo magistralmente Genta- “la ley del héroe no es un arbitrio, sino un supremo acatamiento”.
Esta concepción del honor, como se habrán dado cuenta, le cabía a los hombres de nobleza de ánimo, tantas veces elogiados en los libros de Caballería. Nobleza de ánimo o de alma, decían, para distinguirla de la nobleza del terruño y de la nobleza genealógica, de sangre. Por eso las Partidas enseñaban que verdaderamente noble no es el que nació en la nobleza, sino el capaz de morir en ella. El hombre superior, el noble –dirá nuestro P. Castellani- es “el que tiene el sentimiento claro de todos los valores”.
 

Segunda característica: la milicia, la sed de milicia. Decíamos al principio de la síntesis armónica y jerárquica de la cruz y de la espada, de la fe y de la milicia, que se funden en el caballero cristiano. Caballero fiel de una Iglesia militante y peregrina, y que, por lo mismo, se sabe inmerso en una querella teológica cuyo principio y fin están signados por el buen combate. Una enemistad y una contienda que se ha explicado con distintas imágenes, todas elocuentes: la luz y las tinieblas en Juan evangelista; una pugna continua entre la Ciudad de Dios y la ciudad del mundo en el lenguaje de San Agustín; o bien, en una imagen militar, las dos banderas de San Ignacio de Loyola. Y en el entretanto, hasta el triunfo definitivo de
Cristo Rey, el caballero no puede ni debe ni quiere ser indiferente a esta guerra sagrada; más todavía, se siente atraído a una aventura épica y divina, por una misión redentora que le hará ganar el Cielo.
Por eso, también, es divisa del caballero las palabras del justo Job: “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”. Milicia que se compone o contiene en sí misma dos ámbitos de lucha íntimamente ligados: el interior y el exterior. Una lucha que se libra en la interioridad, que es espiritual, que se entabla en nuestro íntimo corazón y cuyos enemigos invisibles son los principados y las potestades. Pero a la vez, hay un combate exterior y visible contra los enemigos de Dios y de su Iglesia. Ahora bien, y esto es importante, debe haber un orden jerárquico en este combate. Lo primero, es esa lucha interior para hacernos de Dios, para vencernos a nosotros mismos…lo primero es la oración. Y esta interioridad es la que se dilata en
la misión evangelizadora, en la contienda contra el mundo. “El cristiano sabía –escribe Caponnetto, confirmando esta idea- que la guerra comienza sobre sí mismo, y que si allí no se vence no hay modo de asegurar ningún triunfo…Polémica callada, recóndita y naturalmente privada. Asisten la oración y el ejercicio, la confianza extrema en Dios y la desconfianza en las solas fuerzas. No hay maestro de espiritualidad que así no lo aconseje. Pero guerra que se prolonga y proyecta después hacia fuera, frente a todo lo que niegue u ofenda la voluntad del Padre” [10]. Y es por eso que las virtudes cardinales son inherentes al perfil moral del caballero cristiano. Lleno de energía interior y un constante esfuerzo espiritual que los preparaba para la vigilia, para los gestos graves y el entrevero heroico.
Para terminar, digamos la tercera característica vital del caballero cristiano: el servicio, el espíritu de servicio. Porque el caballero cristiano -imitador de Cristo, supremo caballero de la historia- entiende que no ha venido a ser servido sino a servir. ¿Servir a quién? A Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia, a la Patria; a la verdad, al bien, a la belleza. Es este el motivo de su existencia, hacer de su vida y, si Dios lo quiere, de su muerte un acto de servicio; “altar de un sacrificio de amor” –como escribía Pemán-, hacernos ofrenda agradable a nuestro Dios y a nuestros hermanos. Es precisamente esto lo que contenía y rebosaba el código de la caballería. El español Jorge Vigón escribió un libro aconsejable que se titula “Hay un estilo militar de vida”; y en el cual aparece una idea que viene a cuento de lo que estamos diciendo, y es ésta: que desde siempre el espíritu de servicio ha sido como la antítesis del espíritu de lucro. Y hoy padecemos una época que vive según este espíritu de lucro, que se rige según la utilidad y la conveniencia, en donde se gobierna según intereses económicos y todo lo que se hace o se deja de hacer es en pos del dinero. Y, por lo mismo, nuestro mundo vive de reclamo en reclamo, declarando y persiguiendo continuamente sus derechos. En oposición a este espíritu meridiano e inmanente, el caballero exige un espíritu de servicio. Espíritu que, sobre todo, tiene conciencia de sus deberes; y porque sabe de la dignidad del servicio, relega su comodidad, sus bienes, su vida misma al triunfo del Ideal. Es un estilo de vida que nos hace, también, abnegados, austeros, generosos y caritativos. Por eso, el auténtico caballero tiene “más pálpito que cálculo” y prefiere mil veces –lo dice Vigón- la gallardía a la eficacia de lo temporal. Porque, en última instancia, el móvil del servicio es el Amor. Si no se sirve por Amor, el servicio se diluye o se teatraliza.


Conclusión: este ideal del caballero cristiano que surge en la gloriosa Cristiandad por obra y gracia de la Iglesia Católica; y que luego España lo conservará intacto, a tal punto, que se constituirá en su modo de ser, en su estilo propio; este ideal es, lo diremos una vez más, el que merece proponerse como divisa para nosotros, para los cristianos de hoy. Caballero cristiano pleno de virtudes, de oración y sacrificio. Que ha hecho de su vida una milicia al servicio de la Fe y, por eso, busca y exige el honor debido a su estilo y a su Ideal. Contra la revolución anticristiana imperante, los caballeros de Cristo, unidos bajo el signo de la Cruz, ofrecerán resistencia. Contra los postulados ideológicos de “libertad, igualdad, fraternidad” que la revolución propone; el caballero cristiano –siguiendo a don Ramiro de Maeztu- levantará las banderas de “servicio, jerarquía y hermandad”. Todo un emblema para levantar bien alto, para reconstruir nuestra civilización y nuestra Patria sobre los pilares eternos del Evangelio y para instaurar, de una vez y para siempre, todas las cosas en Cristo, nuestro Salvador y nuestro Rey.

Muchas gracias.
José Ferrari.-

1 Sáenz, Alfredo, La Caballería, Buenos Aires, Gladius, 1991, pág. 25.
2 Sáenz, Alfredo, El ideal de la caballería según L. Lugones. En Revista Gladius, nº 47, Bs. As., 2.000, pág. 138.
3 Daniel-Rops, La Iglesia de la Catedral y de la Cruzada, Barcelona, Luis de Caralt, 1956, 1ª ed., pág. 347.
4 Reynold, Gonzague de, La formación de Europa, Madrid, Ed. Pegaso, 1975, Tomo VI, pág. 490.
5 Lugones, Leopoldo, El ideal caballeresco, Buenos Aires, Ed. Pasco, 1999, pág. 163.
6 Sáenz, Alfredo, ob. cit., pág. 54.
7 García Morente, Manuel, Idea de la Hispanidad, Madrid, Espasa-Calpe, 1961, p. 42.
8 Anzoátegui, Ignacio B., Genio y figura de España, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2000, p. 36.
9 Sáenz, Alfredo, ob. cit., pág. 124.
10 Caponnetto, Antonio, El deber cristiano de la lucha, Buenos Aires, Scholastica, 1992, pág. 18.