Colegio Español de Nuestra Señora del Pilar y Santiago Apóstol

COLEGIO ESPAÑOL DE NUESTRA SEÑORA DEL PILAR Y SANTIAGO APÓSTOL
Una institución educativa que tenga como fin llevar las almas para el Cielo educándolas en lo mejor de la tradición hispánica (click aquí para versión en español o aquí para versión en inglés)

domingo, 2 de agosto de 2015

El Camino de Santiago por el Prof. Marcelo Diez



¡BUEN CAMINO!
“Este mundo es el camino para el otro que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar” (Manrique)


El espíritu religioso predominante en la Edad Media se manifestó de múltiples maneras: en la Teología, la Filosofía, la mística, la política, el arte, etc. Así, todas las actividades humanas fueron impregnadas del espíritu cristiano de modo que, a diferencia de nuestros tiempos, todo se veía “sub specie aeternitatis”, es decir, se valoraba en la medida en que ayudara a alcanzar la vida eterna. No significa esto que todos fueran santos ni mucho menos. Pero sí que, aún cuando se transgredieran las leyes divinas, éstas seguían siendo consideradas como divinas y pocos se atrevieran a cuestionarlas o desafiarlas. Y quien las desafiara, debía pagar privada y públicamente aquel desatino.
Así surgió la idea de purgar los propios pecados mediante las peregrinaciones.
De modo que se concibieron como una forma de ofrecer a Dios un sacrificio reparador y corrector por las malas acciones cometidas. Cobraron también mucha importancia en aquellas situaciones en las que el transgresor había cometido un pecado público y por lo tanto su reparación también debía ser pública. Era una forma de demostrar el arrepentimiento ante los semejantes. Otras razones fueron pedir una gracia especial, por la salud de un enfermo, por la conversión de algún pecador etc.
Tres grandes centros se convirtieron entonces en lugares de peregrinaciones: Jerusalén (allí donde nació, vivió, murió y resucitó Nuestro Señor), Roma (donde predicó y murió San Pedro y por tanto sede del papado) y Santiago de Compostela (donde predicó el apóstol Santiago el Mayor). A los que se dirigían a Jerusalén se les llamaba “palmeros”, a los que iban a Roma  “romeros” y a los últimos “peregrinos”. A éstos últimos voy a referirme.

Origen de las peregrinaciones a Santiago de Compostela
Después de la Ascensión de Jesús a los cielos, los Apóstoles fueron fortalecidos por el Espíritu Santo y, con el objetivo de cumplir con el mandato de predicar el Evangelio a todas las gentes, se pusieron en camino cada cual al destino que la Providencia Divina les mostraba. Así fue como Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan,  se dirigió a lo que hoy conocemos como Galicia, en el norte de España. Pero antes de partir, según la tradición, tuvo la promesa de la Virgen de que Ella se haría presente en el lugar donde se encontrasen más personas dispuestas a vivir el Mensaje de su Hijo.
De Galicia pasó a la ciudad romana de Cesar Augusto, hoy Zaragoza, a orillas del río Ebro, donde, el 2 de enero del año 40, cuando se encontraba en oración con sus discípulos, oyó voces de ángeles que cantaban “Ave María” y vio aparecer a la Madre de Cristo de pie, sobre un pilar de mármol quien le pidió que construyese una iglesia y que el altar estuviese en torno del pilar donde estaba Ella. Así fue iniciada la construcción de la Iglesia de “Santa María del Pilar”, primer templo dedicado a la Madre de Jesús.
Al parecer, desanimado por las dificultades para evangelizar en la zona, decidió volver a Jerusalén, donde sufrió el martirio por orden del rey Herodes Agripa, en el año 44. Sus discípulos, San Atanasio y San Teodoro llevaron el cuerpo de Santiago a Galicia, donde le depositaron en el interior de la arqueológica arca marmórea, un monumento en el que se depositaban y podían trasladarse los restos del difunto que ha llegado hasta nuestros días. La nave en la que se trasladaron se detuvo en Iria Flavia, hoy Padrón, en la Provincia de La Coruña.
A causa de las guerras y otros avatares, se perdió la memoria de su emplazamiento hasta que, a principios del siglo IX, probablemente entre los años 812 y 814, bajo el reinado de Alfonso II, el Casto, que resistía en Asturias a la invasión musulmana que había ocupado toda España y entrado también en el reino franco, gracias a una luz o estrella luminosa que salía de la tierra, fue hallado milagrosamente, el lugar donde residían los cuerpos del apóstol y sus dos discípulos Atanasio y Teodoro por el eremita Paio y el Obispo Teodomiro. Fue llamado Campus Stellae, y de allí Compostela, donde se construyó un santuario.
El eco de la noticia y el movimiento para acudir al lugar fueron extraordinarios. En palabras del rey Alfonso X, el peregrino se pondrá en camino “para servir a Dios y honrar a los Santos, y por sabor de hacer esto extrañanse de sus lugares e de sus mujeres, e de sus casas e de todo lo que aman, e van por tierras ajenas lacerando los cuerpos o despendiendo los haberes, buscando los santos” (Partida I, 24).
Al hecho milagroso del descubrimiento de los restos del apóstol se añadió la inestimable ayuda que prestó el Santo en las luchas por la reconquista de la España sometida por los moros, especialmente durante la mítica batalla de Clavijo, el 23 de mayo del 844 gracias a la cual se instituyó el llamado “Voto de Santiago” por el cual los campesinos se comprometieron a pagar un diezmo que recién fue abolido por las Cortes de Cadiz, a principios del siglo XIX.
Poco a poco llega a conformarse toda una liturgia y una especie de “orden” de los peregrinos, con oraciones, bendiciones, vestidos propios, símbolos, etc. Se determinan también etapas y lugares en los que reverenciar la presencia de otros cuerpos de santos en el Camino, en los que se construyen también grandes iglesias, como por ejemplo las de San Martín de Tours, San Marcial de Limoges o San Sernin de Toulouse.
El interés profundo que despertó el sepulcro del Apóstol hará del Camino un factor decisivo de la construcción de la Europa cristiana. No sólo porque se convertirá en una gran vía de comunicación de experiencias religiosas, intelectuales, artísticas e incluso económicas, sino ante todo por el significado mismo de la peregrinación para la fe. El que se pone en camino deja su casa y supera las fronteras de pueblos y lenguas, para encontrarse en otras tierras una misma fe, una misma raíz histórica de su identidad más verdadera, una misma “memoria” apostólica como origen de lo fundamental de su forma de vida. En el Camino resulta esencial la búsqueda propia de la persona, su dignidad, su capacidad de encuentro y de comunión, la afirmación del propio destino “mas allá” ( ultra-eia), en la gloria de la que habla el Pórtico de Santiago. Sin el testigo apostólico, sin el Camino y la conversión personal, no se explica bien la evangelización de Occidente ni el alma de la Europa que alborea en los siglos IX y X.
Las dimensiones y el significado eclesial adquirido por la peregrinación a Santiago serán confirmados por las gracias otorgadas por los romanos pontífices, especialmente por el Jubileo del Año Santo, el Año de la Gran Perdonanza, cuando el 25 de julio cae en día domingo. Esta concesión es hecha definitivamente por el Papa Alejandro VII en el año 1179, confirmando privilegios anteriores otorgados por Calixto II ( 1118-1124), hermano de Raimundo de Borgoña y tío del rey Alfonso VII, que había sido gran benefactor de la iglesia de Compostela.
Entre los peregrinos ilustres del Camino encontramos: Aimeric Picaud (autor de la primera guía en 1130), San Francisco de Asís, los reyes católicos Fernando e Isabel, el emperador Carlos V (I), Felipe II, Santa Isabel, Jaime el Conquistador y, mucho más reciente, Angelo Roncalli (Papa Juan XXIII) entre millones.
Todavía hoy sorprende la cantidad de peregrinos que emprende el Camino de Santiago. Mantiene una vigencia extraordinaria que puede comprobarse por el certificado oficial (Compostelana o Compostela) que se entrega a aquellos que hubieran realizado al menos parte del Camino a pie (mínimo 100 km) o en bicicleta (mínimo 200 km) y que en el año Santo del 2010 llegaron a 272.000 almas.[1]
Aunque habitualmente se habla del “Camino de Santiago”, no podemos decir que haya uno. En verdad son muchos los itinerarios que pueden recorrerse. Depende del lugar desde donde se inicie la partida. El más común es el “Camino francés”, pero también están el “Camino del Levante”, el “Camino del Cantábrico”, el “Camino Asturiano”, el “Caminho Portugués” etc. Nos referiremos al primero por ser el de mayor tradición.




[1] “El crecimiento del número de peregrinos en los últimos años es muy grande, sobre todo a partir de las últimas visitas de Juan Pablo II en 1982 y con motivo de la JMJ de 1989, en la que acompañaron al Papa más de 500.000 jóvenes en el Monte del Gozo. Un año tras la celebración de la Jornada fueron ya 4.918 los peregrinos, que en 1.992 llegaron a 9.764. Pero el Año Santo de 1.993 se expidieron 99.436 certificados o “compostelas”, documento en el que se acredita haber recorrido a pie al menos 100 Km. del camino; en el Año Santo de 1.999 fueron expedidas 154.613, en el de 2.004 se llegó a 179.944 y en este Año Santo de 2.010 han sido unos 272.000 los peregrinos oficiales, entre los que ha estado también S.S. el Papa Benedicto XVI. Los visitantes de Santiago se cuentan además por millones.”  (Alfonso Carrasco Rouco)